Misterios. (Capítulo 8)
Una escalera de peldaños de hierro, como las que hay en las alcantarillas, bajaba a lo largo de la pared desde la escotilla que habíamos encontrado hasta el suelo de ese recinto subterráneo que estaba debajo de la habitación gigante. Bajamos lentamente, intentando que nuestros pies hagan el menor ruido posible contra los peldaños metálicos. Yo llegué al suelo primero, ya que había sido el primero en entrar por la escotilla. Cuando quise encender la linterna, no supe si lo que sentí fue alivio o preocupación al comprobar que no encendía, e instintivamente le di unos golpecitos que retumbaron como si estuviera dando mazazos contra una pared.
-¿Mauro? -pregunté.
-Acá estoy, -contestó- estoy bajando.
La linterna seguía sin encender, de modo que empecé a tantear las paredes a ambos lados de la escalera, buscando algún interruptor. Comencé a recorrer la pared hacia la derecha de la escalera, y sólo hice dos metros hasta que me encontré con la esquina formada con la otra pared perpendicular. Volví a la escalera e hice lo mismo hacia el otro lado, la pared era más larga. Seguía tanteando con la palma de la mano hacia arriba y hacia abajo, casi llegando al suelo, concentrado en encontrar algo que tenga forma de tecla o perilla, cuando me encontré con otra cosa, pero no me la topé con la mano sino con el pie... Pisé algo blando e inestable, como si fuera una extremidad humana, que casi me hace caer al suelo.
-Ahhhhg... ¡mierda! -exclamé.
-¿Estás bien? -preguntó Mauro.
-Sí... bah... pisé algo...
En ese momento, me apoyé contra la pared intentando buscar soporte para no perder el equilibrio y encontré un interruptor. Lo presioné y comenzaron a parpadear los tubos fluorescentes del techo... nos quedamos mirando el suelo con Mauro, petrificados.
Era un cuerpo. Un cuerpo humano, a juzgar por el tamaño del cráneo, ya que el brazo derecho (la extremidad que casi me había hecho caer al suelo) era lo único que le quedaba adosado al torso además de la cabeza, la cual había sido despojada del 70% de la carne y descansaba ensangrentada, girada hacia la derecha. Los ojos habían sido arrancados, y el cráneo nos miraba con sus cuencas oculares vacías desde el suelo, como diciendo "rajen de acá si quieren vivir". La mandíbula había alcanzado una apertura imposible de lograr por cualquier persona viva, el cráneo parecía estar gritando.
-Si llegamos a salir vivos de esto, no voy a poder dormir más en mi puta vida... -logró articular Mauro. Yo no emití sonido y miré el resto del recinto.
Todo el suelo alrededor del cadáver estaba manchado de color rojo, y las paredes que estaban frente a nosotros tenían marcas de sangre hechas con manos y estaban salpicadas. El recinto tendría unos 7 metros de ancho por 7 de largo, era un cuadrado más pequeño que la gigantesca habitación que estaba sobre nosotros, pero aún así era un lugar grande. Cerca de una de las esquinas, había una abertura sin puerta que dejaba ver un pasillo. Nos acercamos con Mauro y la pálida luz del recinto se extendía hasta ese pasillo, dejando ver otro interruptor, que presionamos. Más parpadeos de tubos que fueron prolongándose hasta cubrir la totalidad del pasillo, iluminándolo. El pasillo tendría alrededor de 50 metros de largo y 1,5 de ancho, y puertas a los costados. Muchas puertas con ventanas circulares tipo ojo de buey, similares a las de los hospitales. La puerta que estaba en el otro extremo del pasillo era de doble hoja, cada hoja tenía su ventana circular y dejaban ver destellos mortecinos provenientes de algún tubo fluorescente al otro lado, que recordaban mucho a una noche tormentosa.
-Esto es demasiado macabro... -dije.
-Mirá... -me dijo Mauro señalando un llavero que había en el suelo.
Era un llavero con unas 18 o 20 llaves, que hicieron demasiado ruido para mi gusto al levantarlas del piso. Me acerqué a una de las dos primeras puertas laterales, la de la izquierda, y observé por el ojo de buey escudriñando el interior de la habitación con la ayuda de la escasa luz que entraba desde el pasillo. No logré ver más que algunos brillos metálicos al fondo. Mauro puso su mano sobre el picaporte redondo y lo giró a la izquierda. La puerta estaba abierta. Presioné el interruptor que estaba al lado de la misma confiado de que nos permitiría ver, pero no funcionaba. Masticando bronca intenté encender la linterna una vez más, que después de varios golpes comenzó a funcionar perezosamente y nos mostró más claramente el interior de la habitación. Había una especie de mesa metálica en el centro, como las que usan los veterinarios pero con el tamaño suficiente como para que quepa un hombre acostado. Los brillos que había visto por el ojo de buey pertenecían a un montón de jaulas. Algunas de ellas tenían la puerta abierta de par en par. Otras, las que tenían la puerta cerrada, tenían los barrotes laterales retorcidos y destrozados. No había ninguna jaula que estuviera al mismo tiempo sana y cerrada.
Nos miramos con Mauro.
-Mierda... -dijo Mauro.
-¿Cuántas habitaciones como esta había en el pasillo? -pregunté.
-Muchas.
Salimos de la habitación y comenzamos a probar las otras puertas. Estaban abiertas. Todas. Y todas tenían no menos de 20 jaulas en su interior, con los barrotes rotos o las puertas abiertas. Algunas jaulas eran más grandes y podían alojar a un ser humano perfectamente, otras estaban tan destruidas que parecían haber sido atacadas por un conjunto de sierras, serruchos y martillos. En algunas habitaciones las jaulas estaban manchadas con sangre, al igual que el piso y las mesas metálicas que había en el centro.
Nos dirigimos a la última puerta, la de doble hoja, y miramos a través del ojo de buey. Los relámpagos artificiales provenían efectivamente de los tubos fluorescentes del techo que no lograban encenderse del todo, pero que nos permitieron asegurarnos de que adentro no había nada peligroso. Intentamos abrir la puerta pero estaba cerrada con llave. Automáticamente comencé a probar las llaves del gran llavero, sin éxito, hasta que noté que una de las llaves era ligeramente más grande que las demás.
-Bingo... -dije, e introduje la llave en la cerradura, y la puerta se abrió.
En ese recinto había más mesas metálicas pero no había ninguna jaula, y había otra puerta de doble hoja que conducía vaya uno a saber dónde, ya que no logramos abrirla con la llave más grande ni con ninguna de las otras. A los costados, contra la pared, había unas mesadas de un metro de ancho y sobre ellas había muchos papeles y carpetas.
Nos pusimos a mirar el papeleo con Mauro, buscando alguna explicación a todo lo que estaba pasando. Abrí una de las carpetas...
Experimento número 26 - Reporte - Jaulas 20 a 24 - Caninos.
Se les ha suministrado 0,2 ml de sustancia. No muestran diferencias con los caninos de las jaulas 32 a 36, a los cuales se les suministró una cantidad de 2 ml. A pesar de haber recibido el 10% de la cantidad inicial, se comportan de la misma forma y su fuerza se vio incrementada en la misma medida. Esto nos permite concluir que se podría ahorrar muchísimo material en las próximas pruebas suministrando sólo 0,2 ml. Del mismo modo que en las pruebas anteriores, el intelecto no se vio incrementado en más que un 7% respecto del estado inicial del sujeto, la agresividad aumentó en un 115% y la fuerza aumentó un 73% (...)
-¿Qué mierda quisieron hacer? -preguntó Mauro sabiendo que no iba a recibir respuesta.
Seguimos hojeando carpetas...
Experimento número 53 - Reporte - Jaulas 45 a 49 - Chimpancés.
Se ha logrado establecer que la cantidad mínima de sustancia sin disminuir los efectos es de 0,185 ml en estos especimenes. Los comportamientos son más similares a los encontrados en los especimenes humanos. El intelecto de los chimpancés aumentó en un 35% respecto del estado inicial del sujeto, alcanzando así el valor máximo logrado en todas las pruebas, y la fuerza se vio incrementada en un 50%. La agresividad aumentó un 85% (...)
En otra carpeta más gruesa, pudimos leer:
Experimento número 76 - Reporte - Jaulas 183 y 191 - Humanos.
(...) como se había estipulado de acuerdo con las características de cada espécimen, los efectos siguen siendo tan variables como su estructura cerebral, del mismo modo que el tiempo que transcurre desde el suministro hasta la aparición de los primeros efectos, dependiendo estrictamente de cada espécimen en particular. De este modo se observa que el espécimen número 183 (agresividad +123%, fuerza +60%) reaccionó más violentamente que el número 191 (agresividad +86%, fuerza +90%), pero su fuerza se vio incrementada en menor medida (...) En cuanto a los efectos secundarios sufridos en el sistema motor y de coordinación, en ambos casos se observa una disminución de la coordinación así como de la capacidad motora proporcional al tiempo transcurrido desde el suministro de la sustancia. Esto, al igual que en los otros campos, está directamente relacionado con cada espécimen particular, de modo que los tiempos son variables de acuerdo con cada uno (...) Los especimenes humanos son los únicos que presentan una disminución del intelecto una vez alcanzado el nivel máximo de incremento, este tiempo también varía con cada uno y es aleatorio en cada caso según los resultados que arrojan las pruebas (...)
-Los hijos de puta experimentaron con humanos nomás... yo pensé que la gente había mutado solamente por mordidas de los animales. -dije.
-Creo que esto explica las diferencias entre los tiempos de Rosario, Isabel y Pablo... -supuso Mauro mientras releía la carpeta.
-Qué gente enferma... -agregué.
Oímos ruidos provenientes del pasillo, como golpes, y después escuchamos el mismo sonido que oímos al cerrar la escotilla después de bajar...
CONTINUARÁ...








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